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Hotel AC

Tú fuiste al abrazo y yo al beso. Barajas entero se tuvo que haber enterado de la histeria que esto significaba. “¿Estás bien?”, preguntaste, y ya yo sentía las lágrimas saliendo sin permiso. Nos dirigimos al Metro. “Tengo hambre”, anunciaste, a lo que planificamos dejar tu equipaje en el hotel y seguir al almuerzo.

Cerraban las puertas del vagón y quedamos atrapados: dos años, múltiples separaciones, meses sin vernos, semanas después de romper del todo. Me empujabas a seguirte la conversación como si realmente te importara cómo estuvo París, cómo seguía mi madre o cómo iban las clases. El tren de la línea 8, la rosada, jamás se hizo tan lento. Ya no sabíamos qué más decir.

A veces llevábamos la conversación como buenos actores. A ratos nos quedábamos en silencio. Tu reflejo en el cristal del tren me trajo tantas memorias y no pude entender cómo estabas a mi lado y no te tenía agarrado de la mano. Explícame de nuevo cómo fue que llegamos aquí.

Seguías sacando temas para hablar. Me contabas de la primera comunión de tu hermano, la mudanza de tus tíos, el Torneo de Roland Garros y lo bien que nos la hubiésemos pasado si anduviésemos juntos por París. Pero no fue así y no contuve las lágrimas. Aunque las disimulé, sé que las notaste.

Atocha se avecinaba poco a poco. Nos bajamos en la estación más antigua de Madrid ignorando su histórica importancia. Qué importa su historia cuando ni siquiera tenemos fijada la nuestra. Caminamos algo perdidos al hotel. Calle Delicias, 42. En el camino, se alivió la pesadez de nuestros intercambios mientras me contabas una anécdota de un embajador latinoamericano y la muerte de su cabra en plena Navidad. Pura risa. Como sabes recordarme por qué me enamoré de ti.

El cuarto del hotel se pintaba elegante, de paredes y cama negra, con sábanas blancas y ducha en cristal. Se parece tanto a nosotros. Solos por primera vez en meses, tú y yo. No aguantamos. Un abrazo que llevó a un beso y por ahí se perdió todo eso de que ya no estábamos juntos, que esto no estaba bien.

Cada vez que electrizabas mis nervios, terminaba por llorar. Me preguntabas: “¿Qué pasa?”. No sabía qué contestar. Sí, todo pasaba: el tiempo, las ganas, la distancia, tú y yo. No saber qué éramos, si esto nos duraría, si éramos capaces de lanzarnos al vacío una y otra vez con tal de no dejar ir esta maldita felicidad que nos da revolcaron entre sábanas y salir cogidos de la mano.

En menos de 24 horas, te marchaste. Dejé en el aeropuerto tu cara triste, los últimos minutos contigo, la posibilidad de tenerte de nuevo. Quedamos como amigos que se divierten juntos de vez en cuando, pero nunca fue suficiente. Tú y yo lo tenemos todo o nada. Todo como en el Hotel AC. Nada como ahora.

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