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Producto UPR: una carta de amor desde el extranjero

Admito que siempre me quejé de los exámenes, las lecturas y los ensayos. No entendía por qué cada semana parecía época de exámenes finales o por qué a mi agenda ya no le cabían más cosas por hacer. Celebraba cada vez que terminaba un semestre, pues significaba el fin de este suplicio que llamamos vida universitaria. La ignorancia es terrible. Nunca se sabe lo que se tiene en la UPR hasta que sales a estudiar a otro país.

Desde las reuniones de padres en preparación al intercambio, nos avisaban sobre las diferencias monumentales entre el sistema educativo en Puerto Rico y el español. Rumores corrían de que las clases eran grandes, que el/la profesor/a nunca se aprendería tu nombre y que toda la nota recaería en un solo examen final. Para estudiantes de intercambio, la idea de no estudiar durante el semestre y concentrar todas sus energías en un solo examen suena apetitosa. De esta manera, podíamos viajar toda Europa sin la preocupación de entregar ensayos ni monografías, sin lecturas aburridas ni pruebas sorpresa. La ignorancia es terrible.

Una vez pisamos la Universidad Complutense de Madrid empezaron a llover los comentarios en Facebook: mis compañeros no estaba felices con el sistema. “Enseñar vídeos varios días no es dar clase; es una falta de respeto” o “No me siento envuelta con el material” eran algunos de las opiniones que escuchaba. Yo también compartía el sentimiento.

El sistema educativo español- al menos el que he experimentado- se centra en una carga académica de 7 clases por cuatrimestre. Muchos profesores solo cuentan un examen final, por lo que la asistencia a clases ni la participación son primordiales. En lugar de ofrecer lecturas previas para discusión en clase, el estudiante recibe información de una presentación en Power Point y las palabras del/la profesor/a. 

Según pasaron las semanas asistiendo a clases, me sentía enajenada de lo que se daba en los cursos. Apuntar los datos dados por los profesores no satisfacían mi curiosidad por los temas ofrecidos. Así fue cuando comencé a extrañar los ensayos semanales, las presentaciones orales de 20 minutos y las largas horas leyendo La Iliada.

Para bien o para mal, la experiencia de intercambio estudiantil es una de descubrimiento y aprendizaje, de salir de la zona de confort y arriesgarlo todo por ensanchar tu mente. Pero,¿qué pasa cuando la zona de confort de la UPR está marcada por grandes obstáculos? Es un cliché bastante conocido el decir que graduarte de la UPR es graduarte de la vida.

No quiero achacarle los males de mi experiencia educativa en España al sistema en general. Probablemente, sea una cuestión de casualidad de haber encontrado profesores como los antes descritos. Sin embargo, cuando recuerdo mi UPR, sonrío, no solo porque es un ambiente hogareño, sino porque es un lugar que nos ha retado a ser la mejor versión- académica y personal- de nosotros mismos.

Cuando se da el caso de que algún profesor o estudiante en la UCM me preguntan por mi universidad, se me agranda el corazón por entender que nada debemos envidiar de los centros educativos de otros países. Les explico de los recortes, los recursos escasos y los problemas administrativos, que, por lo general, resultan ser similares a los vividos en la UCM. Es el verdugo de la universidad pública: pocos recursos para formar una gran masa.

Desde lo lejos, vemos cómo nuestros compañeros luchan por los derechos de la universidad pública puertorriqueña. Y, aunque no estamos allí, desde España y otras partes del mundo damos también la lucha anunciando por cada esquina lo que es ser #ProductoUPR.

Hace pocos días, conversaba con una compañera de clases de origen francés. Aunque fue criada en España, asistió a un colegio de enseñanza francesa. Se quejaba de la manera unidireccional en que se educa en España- contrario a Francia- sin invitar a la reflexión ni al pensamiento crítico. Le echaba la culpa a la mala racha histórica que ha tenido el país y cómo, tantos años después, todavía quedan los retazos de una educación de embotellamiento.

Ahí fue cuando más afortunada me sentí de ser estudiante de la UPR porque la carga académica constante, las horas redactando ensayos o la alta cantidad de páginas leídas son simplemente una invitación a la creación de conocimiento y no el almacenamiento de este.

Quizás sea por eso que tantas veces intentan arrebatarnos la universidad para entregarla al sistema privado o para desmantelarla poco a poco. En la UPR se piensa, se critica, se reflexiona. Nuestros profesores invierten en sus estudiantes, no solo por beneficio del individuo, sino por la construcción de capital nacional. Es la mente el mejor motor para echar adelante un país y, cuando se juega con el desarrollo de ésta, se pone en riesgo el porvenir.

Si de algo estoy segura es que no soy la única puertorriqueña en el extranjero que se siente orgullosa de decir que es producto de la Universidad de Puerto Rico. Como yo han habido miles más, que, una vez comenzaron sus vidas profesionales o estudiantiles alrededor del mundo, entendieron el valor de nuestro sistema universitario. Sean los que escogen aventurarse fuera del País o los que deciden quedarse, ante el País y ante el mundo, el valor más grande de nuestra universidad somos nosotros: el producto UPR.

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