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Niki de Saint Phalle: un encuentro

Ocurrió en Bilbao, País Vasco. Esa tierra incomprendida de la Península Ibérica, donde se habla euskera y español, que es España pero busca no serlo. Sede de luchas que datan de la era franquista, que- más allá de su violenta reputación- simboliza una postura independiente. Era el escenario idóneo para encontrarla; así era Niki de Saint Phalle. Entonces, no era casualidad venir a esta ciudad para conocerla dentro del Museo Guggenheim.

Se le dedicaba un piso entero en una exposición- recién llegada de París- que exploraba las múltiples facetas de la artista, desde sus primeros happenings, en los que pintaba utilizando armas, hasta su largometraje Daddy, narración visual de un episodio de violación e incesto en la niñez. Los editoriales que encabezó para las revistas Vogue y Harper’s Bazaar colgaban al inicio de la exposición presentando a Catherine Marie-Agnes Fal de Saint Phalle, predecesora de la verdadera Niki, la que pronto conocería.

Al entrar en la primera sala, sin siquiera ver una sola obra, ya estaba enganchada. “Pintar calmaba el caos que agitaba mi alma. Era una manera de apaciguar a esos dragones que han ido apareciendo en toda mi obra”, leía la tarjeta de Autorretrato, la primera obra expuesta.

Esos dragones a lo que se refiere la artista se pueden trazar a su diagnóstico de esquizofrenia en la década del 50. Reconocía su personalidad violenta y volátil a nivel psicológico, expresando que “tenía todo lo necesario para convertirme en una terrorista”. Sin embargo, en nombre del arte y a manera de terapia, exploró uno de sus monstruos en “disparos públicos”, eventos en los que Saint Phalle utilizaba armas para pintar sobre figuras de yeso. En su uso del performance y los medios de comunicación se le comparó al artista norteamericano del ‘Pop Art’ Andy Warhol.

Con cada sala que recorría, podía identificarme más y más con esta artista del Nuevo Realismo francés. La lectura del texto El segundo sexo de Simone Beauvoir y su experiencia personal con la desigualdad de oportunidades influenciaron a Saint Phalle en la mayoría de su obra. De esta temática se destacan obras como “El caballo y la novia” y “Las Nanas”. Esta última siendo una de las series más famosas de la artista, en la que se representa la emancipación de la mujer y redefine el cuerpo femenino.

La vida de Niki de Sant Phalle se puede definir hasta cierto punto en una frase: “Quiero los privilegios del hombre sin perder los de la mujer. Y a la vez poder seguir poniéndome bonitos sombreros”. Así se expresó la artista sobre su propia filosofía de vida, la cual tradujo de manera paralela a su obra.

En la exposición, se incluyó una serie de prints titulada “My Love”, que mezclaba el dibujo y las palabras haciendo alusión a las notas amorosas típicas de la infancia, estética que le inspiraron los cuadros de Jackson Pollock y la arquitectura de Antonio Gaudí.

A este punto, ya prendida a su mundo de mujeres liberadas y violencia convertida en arte, Niki supo agarrarme aún más. Mi compañera de piso me encontró con la mirada perdida y las lágrimas a punto de delatarme, mientras revisaba por segunda vez la serie “My Love”.

“Mi amor, ¿qué debo hacer si mueres?”, “Mi amor, ¿por qué no me amas?”, “Mi amor, ¿dónde nos encontraremos de nuevo?”, “Mi amor, ¿dónde haremos el amor?”, preguntaban los cuadros. A esta última, un dibujo contestaba: “Sólo en mis sueños”. Niki abandonó su coraza para revelárseme como una más de las locas empedernidas con el amor, que se enamoran rápido y olvidan lento.

Por eso Saint Phalle se mantiene como una de las artistas feministas más seguidas del siglo 20, aún tras su muerte en el 2002. Casada dos veces, madre de dos hijos, la segunda de cinco hijos, educada en un colegio católico de Nueva York, violada por su padre, “devorada”- según ella- por su madre y diagnosticada con esquizofrenia. Niki de Saint Phalle utilizó su arte como el vehículo principal para liberar sus monstruos internos y liderar un cambio de perspectiva adelantado a su época.

Gracias a Niki conocemos una visión de la mujer como ser humano, productora de ideas; que vive la vida y no la observa desde las ventanas de su casa; que se desnuda y se enloquece; que puede llevar zapatos de tacón y disparar un fusil con igual destreza; que se enamora, no de uno, sino de todos y con la misma intensidad.

Nos íbamos y las caras no eran las mismas que en la entrada. Se veían ojos algo rojos y llorosos, chicas que han descubierto el feminismo por primera vez, algunos compran postales como evidencia de ese encuentro y yo aún con la mirada perdida. Ocurrió en Bilbao. Sin un disparo. Sin siquiera estar viva. Niki se descargó sobre nosotros. Aún seguimos con la herida abierta.

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